Esta entrada la escribiré desde el punto de vista de un habitante indigena de una isla del pacífico que visita por primera vez la civilización.
Lo que me llamó la atención del lugar al que fui, fue que los habitantes compraban sus alimentos y no los conseguían por si mismos. Se desplazaban a lugares donde tenían que servir a otras personas para que ellos les dieran unos trozos de metal y ellos con esos trozos de metal se compraban sus alimentos y sus ropas. Se desplazaban en rocas gigantes huecas con ruedas que echaban humo por detrás. Sus casas eran muy altas y había gente en la calle tirada pidiendo trocitos de metal porque no tenían muchos. Yo lo vi y me lo llevé al lugar donde yo vivía porque no quería que estuviera en la calle, pero cuando entré, el portero me dijo que qué hacía con ese vagabundo. Para mí no era un vagabundo. Era una persona cualquiera sin casa donde vivir y mi obligación era darle una hogar y comida ya que a mi me sobraba bastante.
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